Esa tarde la lluvia me sorprendió unos seiscientos metros antes del refugio. Abrí la cruz de los brazos y aminoré la marcha: pensaba en tí, en la inacabada cartografía de tus lunares; en el pasto que nos escuchó compartiendo ambiguos planes para el futuro, hablando como dos chavales sobre la inminencia de la eternidad conjunta.
Recordé las ondulaciones de tu pelo al viento, los lentes oscuros y la única fotografía que de tí guardo, al pie de un tanque de agua colosal.
¿Recuerdas las primeras veces que nos sorprendieron tus amigas, abrazados en la plácida calma de la tarde?
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