lunes, 7 de agosto de 2017

XXVIII

Por esas fechas había perdido ya la costumbre de leer poesía en voz alta por las noches, cuando todos dormían. Me devoraba las madrugadas inmerso en la lectura de Bolaño y Papasquiaro, salía a caminar por una alameda generosa en asaltos, llegar a las vías del tren para rodear la escuela, a sabiendas de que era intocable, que no habría fuerza capaz de tomarme por asalto en esas noches porque estaba enamorado.
Para imaginar que te veía desde lo alto, a pesar de no conocer aún tu habitación, trepaba a los tanques de agua. Mis manos estaban impregnadas de tu aroma, y pese al frío, tu calidez pasaba a tocarme.
El amanecer me alcanzaba caminando de nueva cuenta, por las periferias de Texcoco, o en los campos experimentales, camino al comedor central. 
Otra vez pienso en esas noches sin tí en las que tu presencia lo llenaba todo, en las que no tenerte era la feliz promesa de anhelar con vehemencia la primer hora libre para salir corriendo a poseernos y a perder el resto de las clases del día para separarnos de nuevo hasta el siguiente día. Qué ingenuo es uno cuando ama!

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