Esa tarde, hablé de los dragones. De la imperiosa necesidad de mirarlos fijamente en la oscura noche. Nada dije del cuchillo para rajar su carne, pero tú mirabas en otra dirección, absorta; el caos había llamado a la puerta esa mañana, y al no encontrarnos entró a la buhardilla que compartíamos; un par de meses bastaron para dar cuenta de los paisajes tristes, de encontrarnos hasta desconocernos, de poner distancia a nuestros nombres aunque sangráramos.
Pero esa tarde hablamos de nueva cuenta del amor y le dimos nombres, mientras esperábamos el café, tu mano trazó en el aire sus siluetas: permanecía en tí la sonrisa.
Ahora, queda en mí la última imagen de nosotros: yo, de pie al pie del puente, tu marchándote en la ruta 8, unidad 72, el sol cayéndo a plomo, mi corazón hecho un nudo hecho pedazos. Yo, tratando de besarte, tú esquivando la bala de ese beso.
No volvimos a hablar de los dragones, ni de la lucidez ante el abismo. Un día vamos a saltar por el despeñadero, con el peso de nuestras decisiones a cuestas, te dije esa misma tarde. Fue la primera vez que ví borrarse tu sonrisa y tu deseo
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